viernes, 17 de diciembre de 2010

TÉCNICA Y TECNOLOGÍA.

Partiendo de la base de que actualmente la Tecnología es el pilar fundamental sobre el que se producen los cambios y situaciones sociales, es objetivamente necesario entender la diferenciación entre los términos Técnica y Tecnología. Es el lenguaje, como resultado más preciso del pensamiento simbólico, el que nos dará la clave para conceptualizar el origen de la tecnología, de modo que podamos distinguir las características que diferencian a la sociedad técnica de la sociedad tecnológica (industrial o científica).
Rastreando la Historia, y reconociendo la hegemonía del imperio británico, observamos que si en España el uso de ambos términos es indeferenciado, esto no es así en otros países. En Francia, el término habitual es -técnica-, considerando la palabra -tecnología- como un anglicismo no recomendable, mientras que en UK, iniciador de la Revolución Industria,l es a la inversa, preponderando el uso del término -tecnología- frente a -técnica-.
Etimológicamente, dichos términos no son sinónimos, y su principal diferencia radica en la Revolución Científica, previa a la Revolución Industrial, es decir, en la aplicación técnica de los conocimientos científicos que dan lugar a la tecnología. Debido a esta correlación, algunos teóricos opinan que el término tecnología es ambiguo, y que su denominación exacta debería ser -Tecnociencia-. Dicho en otras palabras, la tecnología es la industrialización de la técnica, de manera paralela y metafórica al proceso de institucionalización de las creencias que dieron lugar a las religiones. Desde esta perspectiva la tecnología representa un nivel de desarrollo de la técnica en la que la alianza con la ciencia introduce un rasgo definitorio.

Como se sabe el pensamiento griego menospreciaba la técnica, lo práctico y consideraba superior la vida contemplativa o teorética. Platón y Aristóteles propusieron que ningún trabajador manual pudiera ser ciudadano; el trabajo artesanal y manual es vergonzoso y deformador. Teniendo en cuenta que detrás de todo avance en el conocimiento científico hay un desarrollo en el campo tecnológico, tal y como apunta Gustavo Bueno, así como que detrás de todo científico hay una ideología, podemos interpretar que la tecnología supone el mecanismo más eficaz para la expansión de las ideologías tras haber sido éstas justificadas por medio de la Ciencia. Tras la Ilustración, y el derrumbe de la filosofía como método alternativo del conocimiento, la "Ciencia" (concepto monoteista equívoco) monopoliza dicho proceso cognitivo, dando lugar al denominado fundamentalismo científico. Este fundamentalismo es el moderno argumento que utilizan las altas esferas del poder para implantar sus estructuras de dominación, al modo de las -revelaciones- dogmáticas de las diferentes religiones monoteístas. Un buen ejemplo de este asunto es la teoría del cambio climático antropogénico por el uso de combustibles fósiles, es decir, no se trata de cuestiones plenamente demostrables, como pueda ser un tema geométrico, sino la elección de unos datos, frente a la eliminación de otros, para apoyar una teoría que justifica la actuacción específica representada por la ideología que los decide. No hay datos definitivos que apoyen la teoría del IPCC, pero éste ha seleccionado los que le interesan, y les ha dado forma de Ciencia, de lo que llaman comunidad científica internacional. De este modo, sus decisiones pretenden no ser ideológicas, y son vendidas como decisiones acordes al -saber-, que derivan obligatoriamente, no por propios intereses, hacia decisiones acordes al -hacer-. Este proceso tergiversador produce un bucle, que avala la teoría griega, en el que finalmente el hacer ya no "deforma" porque proviene de un saber previo, la Ciencia, es decir, ya no es técnica, es tecnología.
Este fraude ideológico ha sido utilizado en general por todas las políticas totalizadoras de la época moderna, tanto estatistas como minarquistas, tanto socialdemócratas como liberales, tanto progresistas como conservadores, desde Hitler a Obama, desde Stalin a Merkel o desde el Papa a Jacques Fresco... y todos y cada uno de ellos han vestido al conocimiento de oficialidad, es decir, han limitado y regulado el saber, al modo del Ministerio del Conocimiento de Orwell.

El Renacimiento marcó un punto de viraje al establecer el primado del hombre sobre la naturaleza. El dominio del hombre exige del conocimiento, de un saber útil. Con ello la idea de un saber desinteresado va a ir cediendo paso a la idea de un saber útil, orientador de una práctica de dominio de la naturaleza. La nueva ciencia natural alimenta el proyecto de aprovechar el descubrimiento de leyes naturales para dominar la naturaleza. Más aún, esos conocimientos permiteron inventar máquinas que se basan en proyectos racionales sustentados en la nueva ciencia, abstracta y matematizada; esas particularidades son las que le permiten proyectar instrumentos y prácticas, es decir, inventar.
Es ese proceso de articulaciones renovadas entre conocimiento teórico, abstracto, matemático y creación de equipos, aparatos, máquinas, lo que permite el tránsito a la tecnología: la técnica se enriquece en virtud de su asunción dentro de un nuevo horizonte de racionalidad, la racionalidad científica, alimentada de un móvil utilitario. Es lo que Adorno y sus compañeros teoréticos de la Escuela de Francfort denominaron razón instrumental, y es, ese utilitarismo, el que ha marcado nuestra historia hasta la época actual, una época donde los valores de la filosofía, el plano metafísico de la persona, su espiritualidad ha sido desplazada a un reducto marginal mediante un proceso de cosificación, de reificación. Es fácilmente razonable dilucidar que lo metafísico es dificilmente mercantilizable por aplicaciones tecnológicas, quedando en manos de religiones u otros tipos de manipulación de conciencias como la propaganda al estilo de E.Bernays, pero de momento, sin una clara dominación o control total sobre ellas. Esto no tiene porqué ser así en un futuro cercano, o por lo menos eso opinan los transhumanistas como Kurzweil, que se emocionan profetizando el control que la Ciencia y la tecnología tendrán sobre el cerebro humano.
Esta razón instrumental, que olvida otras fundamentales como la estética o la ética, arrasan con la anteriores conceptualizaciones del conocimiento, tanto que alguno de sus fundadores como Francis Bacon ridiculiza al pensamiento griego por dedicarse sólo a contemplar la naturaleza y no a actuar sobre ella. A partir de ese momento se trata, como Lenin o Hitler aspiraban, de someterla y dominarla. No olvidemos, claro está, que el hombre es parte de la naturaleza, ergo para dominar completamente la naturaleza, para someterla y explotarla, es necesario dominar, someter y explotar al hombre. De ese afán de control derivan las modernas disciplinas pseudocientíficas como la psicología, la psiquiatría, la sociología... así como del afán de ocultación del totalitarismo ideológico por medio de la disciplina cientíca proviene el proceso que ha llevado al -saber- a transformarse plenamente en Ciencia o ciencias.
Actualmente todo es Ciencia: ya no se trata de Derecho sino de Ciencias Jurídicas, de Economía sino de Ciencias Económicas, de Política sino de Ciencias Políticas... de modo que las disciplinas encaminadas a regular las relaciones humanas ya pueden justificar sus imposiciones en un previo conocimiento neutro, aideologico, contra el que no caben opiniones, pues eso supuestamente nos llevaría a enfrentar subjetividades frente a objetividades. Esta es una de las grandes falacias del sistema de dominación actual, el afirmar la objetividad de las decisiones tomadas por las estructuras de poder, propaganda precisamente extendida por medio de mecanismos tecnológicos tales como los modernos medios de comunicación, que han permitido una ideologización de la sociedad crítica anteriormente impensable. La realidad es otra bien diferente. Hay decisiones y acciones propiamente tecnológicas influidas por un criterio de optimización inevitablemente afectado por circunstancias sociales. Por ejemplo, industrializar la agricultura no es simplemente introducir equipos y maquinarias, es sobre todo algo que se basa en una comprensión de la naturaleza y de la acción humana sobre ella y se adoptan decisiones que parten de racionalidades económicas y sociales, de valores e intereses.
La tecnología no es un artefacto inocuo. Sus relaciones con la sociedad son muy complejas. De un lado, no hay duda de que la tecnología está sujeta a un cierto determinismo social. La evidencia de que ella es movida por intereses sociales parece un argumento sólido para apoyar la idea de que la tecnología está socialmente moldeada.
Pero también es importante visualizar el otro lado de la relación entre tecnología y sociedad. Para ello hay que detenerse en las características intrínsecas de las tecnologías y ver cómo ellas influyen directamente sobre la organización social y la distribución de poder.
Las consecuencias políticas y sociales de la energía nuclear, las telecomunicaciones, las políticas tributarias, son, entre muchos, ejemplos del notable impacto social de la tecnología en los estilos de vida, en las relaciones interpersonales, en los valores, en las relaciones de poder.
En la civilización tecnológica que vivimos la tecnología es una red que abarca los más diversos sectores de la actividad humana "un modo de vivir, de comunicarse, de pensar, un conjunto de condiciones por las cuales el hombre es dominado ampliamente, mucho más que tenerlos a su disposición".

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