Afirmar que la moralidad es algo que depende de la comprensión humana es, cuando menos, una hipérbole. Pretender sustituir una moralidad por otra, como mucho, es una metáfora. Y, sentir que se obra moralmente, es una redundancia.
Afirmar que es necesaria la organización de un grupo social humano es, cuando menos, realista. Pretender sustituir un sistema de organización por otro, como mucho, es una necesidad. Y, sentir que hay sacrificio personal en el esfuerzo colectivo, es inevitable.
En estos días, donde afloran más que nunca las traiciones del lenguaje, las bajezas del pensamiento simbólico y los escombros de la razón instrumental, nos acercamos más a lo primitivo, alejándonos de las ideologías y recurriendo al clan, en una dialéctica menos global y más realista. Es más agradable vivir en los conceptos que en el suelo, más aún teniendo en cuenta que los primeros se moldean siempre a gusto del consumidor, mientras que el modelado del segundo en muchas ocasiones, escapa a la voluntad humana. La realidad nos obliga, la moral nos sugiere.
Enseñanza pública, democracia islámica, Teoría del Todo, los mercados, los Estados... desarrollismo, tecnocracia, colonialismo, fé... Cuando observamos a nuestro alrededor nos perdemos y cuando miramos en nuestro interior nos cegamos, y ¿no hay más...?.
Socialistas indignados con los "recortes" en educación, pero llevando a sus hijos a universidades privadas; repitiendo que la sanidad pública es un orgullo nacional y elogiando repetidamente el trato recibido en una clínica privada; criticando la incultura de unos dirigentes democráticos y asumiendo que el sumum de la civilización es la organización democrática.
Populares acusadores de la ingeniería social de la socialdemocracia, yendo todos los domingos a misa; alertando del enorme gasto público, y exigiendo que sus policías lleven chalecos antibalas; contrariados por la segregación de España, y encantados de ceder soberanía a las organizaciones internacionales.
Algo huele mal, y no es el cambio climático, ni la nacionalidad de Obama, ni la desaparicón de Gabilondo ni la senilidad de Carrascal. El puzzle entero apesta a basura orgánica, y ya que está de moda, reciclémoslo.
El conocimiento es poder; el poder corrompe; ergo el conocimiento corrompe, tanto como la moralidad se aleja irrealmente de la realidad. Y más cuando el conocimiento es inevitablemente injusto, y nos encontramos inmersos en un gobierno de astutos, como el moral Platón apuntaba.
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